Dinero y vino

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foto 1El dinero se encuentra en las raíces de nuestra sociedad. Es una entidad estructural, un esqueleto alrededor del cual gira gran parte de lo que sucede. También es simbólico, por sí solo es insignificante: las monedas y billetes en nuestros bolsillos sólo tienen valor porque la sociedad ha acordado que así debería ser. Pero este valor simbólico es importante: le da forma a nuestra manera de pensar, de actuar, de pasar el tiempo y de relacionarnos los unos con los otros.

El dinero también es bastante adictivo. Muchas personas, una vez que han comenzado a ahorrar, intentan acumular más dinero como si no tuvieran otra opción. Generalmente, la toma de decisiones está únicamente condicionada por consideraciones financieras: todas dependen del dinero. Incluso cuando una persona no tiene una necesidad económica, su objetivo persiste en acumular más dinero, aún cuando este acto la limita de manera significativa y hace su vida complicada y demasiado ajetreada. La idea de tomar una decisión que no incluya la opción financiera más lucrativa es vista como ridícula o ingenua. Podemos ser “comprados” . Frecuentemente, este tipo de personas acumulan bienes que nunca llegarán a utilizar. El dinero llama al dinero.

Es posible disfrutar del dinero, el problema es que muy pocos juntan dinero y son capaces de no perder la cabeza. En estudios donde se les preguntó a las personas: “¿Cuánto más dinero necesitaría para ser feliz?”, normalmente respondieron una cantidad cerca de tres veces más grande que sus ingresos actuales, independientemente de cuánto fuera su sueldo (no puedo encontrar una cita exacta, pero existe un artículo en inglés sobre una investigación con líneas similares a las mencionadas más arriba). Pero si está satisfecho con su suerte, el dinero puede comprarle felicidad hasta cierto punto. El dinero incrementa nuestras opciones (siempre y cuando uno logre evitar ser adicto a él),tener suficiente efectivo (si uno está preparado para gastarlo) puede darnos una libertad y opciones (si los demás ámbitos de la vida se encuentran en equilibrio) que nos lleven a una felicidad mucho mejor.

La pobreza no se disfruta. Es posible que una persona pobre sea feliz, pero la pobreza en sí no hace feliz a las personas. Hace que la vida sea más complicada y quita la libertad de elección, obliga a las personas a aceptar pésimas condiciones de trabajo y empleos poco satisfactorios. La pobreza no permite que las personas viajen libremente y exploren el mundo, limita las opciones de manera masiva. Por todas estas razones el dinero es útil y bueno, si se mantiene en su lugar. Sin embargo, las personas disfrutan cuando aprovechan al máximo lo que tienen y encuentran alegría en la vida que llevan. Tengo un amigo que es adinerado, pero siempre expresa sentimientos de celos hacia las personas que tienen más dinero que él. Ese no es un pensamiento alegre. Tengo otros amigos que son felices con tener lo suficiente para vivir, a eso aspiro.

Entonces, ¿dónde entra en juego el vino? Tal como el dinero cambia nuestra forma de pensar, así también el valor del vino cambia la forma en cómo lo abordamos. El vino es, por una lado, un bien de lujo que se espera tener cuando hay abundancia. Es un símbolo de éxito. Los vinos adecuados forman parte del evidente consumo. Pero, por otro lado, el vino es un producto básico. Está presente en las mesas y es un agradable acompañante para las comidas. También es bastante democrático: en los clásicos países productores de vino, es una bebida tanto para pobres como ricos.

Sin embargo, el vino es irregular en su fijación de precios. Uno puede comprar una botella de vino tinto perfectamente bebible por unos pocos pesos o se puede gastar cien veces más en botellas más caras. Pero es mucho más común que los bebedores regulares vean en el mercado una diferencia diez veces más grande. Es una diferencia bastante grande y, últimamente, los mejores vinos se han vuelto mucho más caros, lo que agranda esta brecha.

Conozco a muchos amantes del vino que han estado comprando vino en primeur (en verde) por algún tiempo. Por consiguiente, tienen bodegas con botellas de vino que ahora valen una gran cantidad de dinero. Si tienen una botella de tinto Grand Cru de Borgoña, producida por una bodega famosa, pueden estar frente a una botella que en el mercado cuesta más de 722 dólares. Esto cambia la relación que uno tiene con este líquido, porque ya no es sólo una botella de vino, sino un bien valioso. Si venden una caja de estos vinos, podrían comprar una cocina nueva o un auto usado. Poseer un vino como estos, hace que sea demasiado costoso considerar beber, incluso aunque uno no haya pagado tanto por la botella.

Cuando bebemos una botella de vino que cuesta mucho dinero,  la vemos de una forma diferente. Por mucho que lo intentemos, es difícil beber el vino solo por sus características. Es difícil dejar de lado su linaje, considerando que es de gran influencia en la percepción del vino.

Por otra parte, cuando uno abre una botella de vino asequible para cualquier bolsillo, ¿existe una limitación inconsciente con relación a su calidad? Por supuesto, existe un juicio de mercado: la valoración de un vino se debe en gran parte al mérito estético que posee, lo que se ve reflejado en su valor comercial. Pero me temo que, incluso si un vino fuera bastante bueno, pero a la vez barato, muchas personas no lo disfrutarían tanto.

El Grange es un ejemplo interesante. El vino más famoso de Australia solía ser relativamente asequible. En 1993 se podía comprar vino de la cadena autorizada Threshers por 50 dólares en el Reino Unido. Luego, a fines de los años 90, Penfolds decidió aumentar considerablemente el precio del vino. Fue un movimiento arriesgado, pero el negocio continuó. De un momento a otro, el Grange, cuyas buenas añejadas ahora cuestan cerca de 430 dólares, tenía un valor percibido mucho más alto. Esto cambia la forma de cómo una persona ve el producto. Un vino que ya era notable y famoso fue llevado a la categoría de súper estrella con sólo un alza de precio.

Personalmente, uno de los grandes placeres de ser periodista de este rubro es el de tener la posibilidad de explorar el mundo para encontrar vinos que aún no son tan famosos como para subir sus precios. También me gusta encontrar vinos honestos que reflejan el lugar donde fueron cosechados, pero que, por una u otra razón, seguirán siendo asequibles, incluso si son bien conocidos. Si logramos separar nuestra obsesión por el dinero el placer de disfrutar un vino, no será necesario gastar grandes sumas de efectivo para tener una de las experiencias más profundas experiencias al beber una botella de esta bebida. Sin embargo, es difícil separar ambas cosas.

Artículo original publicado en http://www.wineanorak.com/wineblog/uncategorized/money-and-wine

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